Las nuevas fronteras culturales
Las fronteras no solo se trazan en los mapas. A veces, las más difíciles de cruzar no se ven: son lingüísticas, sociales, económicas o culturales, y se levantan dentro del propio país de residencia. Para las personas migrantes, estas fronteras pueden representar barreras constantes en el camino a la inclusión. Pero cuando a la condición migrante se suma la pertenencia al colectivo “queer”, la identidad se convierte en una encrucijada aún más difícil de transitar.
Mientras algunos países presumen de sociedades inclusivas, la realidad cotidiana de muchas personas racializadas y queer desmonta ese relato. El rechazo no proviene únicamente del sistema mayoritario, sino también, a menudo, desde las propias comunidades de origen y desde sectores dentro del mismo colectivo LGTBI+.
La intersección identitaria: donde convergen los márgenes
Para muchas personas queer migrantes, la búsqueda de una identidad se convierte en un territorio minado. La experiencia de Murad Odeh, activista queer de origen palestino, es ejemplo claro de lo que significa construirse en la intersección entre cultura, sexualidad y nacionalidad. Murad llegó a España con solo dos años, tras huir su familia de la guerra en Palestina. Aunque se crió en el país de acogida, la herencia cultural palestina marcó fuertemente su infancia y adolescencia.
“Mi familia siempre se ocupó mucho de que yo aprendiese de dónde vengo”, relata en entrevista. Desde pequeño, el mensaje de la resistencia —tan presente en la diáspora palestina— fue parte de su crianza. Pero esa conexión profunda con sus raíces se convirtió en un arma de doble filo cuando comenzó a cuestionarse su sexualidad.
“Fue una crisis muy grande porque no era capaz de entender a qué grupo pertenecía”, explica. Se sentía expulsado de la identidad palestina por ser gay, pero también ajeno a la identidad española, donde su bagaje cultural lo convertía en “el otro”.
Este tipo de conflicto identitario es común entre hijos de migrantes que viven en sociedades que no terminan de acogerlos. La falta de referentes culturales, el rechazo familiar y social, y la invisibilización desde distintos frentes alimentan una experiencia de desarraigo que muchas veces desemboca en problemas de salud mental. En el caso de Murad, fue expulsado de su casa con 16 años, lo que lo sumió en una profunda depresión.

Cuando la casa también es frontera
Ser queer dentro de una familia tradicional o conservadora es uno de los primeros muros que muchas personas enfrentan. En familias migrantes, además, el miedo a perder el vínculo cultural, el estigma de la comunidad y la necesidad de “representar bien” ante la sociedad mayoritaria se convierten en cargas extra.
Murad cuenta cómo su familia atribuía su orientación sexual a una supuesta influencia occidental. “Mis padres siempre pensaron que yo era gay porque vinieron a España y la cultura occidental me comió la cabeza”, explica. Esta interpretación reduce la identidad queer a una desviación cultural importada, negando su existencia en contextos no occidentales.
Es un discurso habitual en muchas comunidades migrantes: lo queer es “cosa de blancos”, una corrupción foránea. Esta lectura no solo borra la experiencia de miles de personas LGTBI+ dentro de esas culturas, sino que también sirve como herramienta de control.
Invisibles para todos
La invisibilidad es una forma silenciosa de violencia. Para las personas queer árabes, el mundo parece negar su existencia. En sus países de origen, la homosexualidad muchas veces se considera un tabú o incluso un delito. Pero en las sociedades occidentales, tampoco encuentran fácilmente un lugar: no cumplen con el canon del gay blanco, laico, urbano y de clase media.
“Si no eres blanco, de un estatus concreto, y con una serie de rasgos, es como si no pertenecieras al colectivo”, denuncia Murad. Esta doble exclusión —desde la comunidad de origen y desde el propio colectivo LGTBI+ occidental— genera una fractura identitaria que resulta devastadora.
“No entendía mi lugar en el mundo. Tenía una crisis enorme”, recuerda. La confluencia de culturas que debería ser fuente de riqueza se convierte en una jaula, donde ninguna puerta parece estar realmente abierta.
La importancia de los referentes
El proceso de aceptación y construcción identitaria se ve dificultado por la ausencia de modelos visibles. “Hay una narrativa que intenta invisibilizar todo lo queer, todo lo árabe, todo lo gay”, señala Murad. Y lo cierto es que muchos jóvenes LGTBI+ de origen árabe o musulmán crecen sin saber que existen personas como ellos en su misma cultura.
Murad ha dedicado parte de su vida a buscar referentes en la literatura, el arte y la historia del mundo árabe. Su activismo reivindica la existencia de personas queer árabes a lo largo del tiempo. “Hay un enorme desconocimiento sobre su existencia en los países árabes”, afirma.
Este trabajo de reconstrucción cultural no es solo un acto de justicia histórica. También es una herramienta para sanar y construir comunidad. “Estos referentes son muy necesarios para luchar contra la homofobia y para que las personas del colectivo se sientan acogidas”, destaca.

El sesgo occidental: víctimas, no personas
La visión que desde Europa se tiene de las personas LGTBI+ en el mundo árabe suele estar distorsionada. Se abusa del enfoque sensacionalista, reduciendo sus vidas a relatos de persecución extrema. “Hay una imagen que los muestra como personas lanzadas desde edificios. ¿Esa imagen existe? Por supuesto. Pero es el 1% de una realidad mucho más amplia”, matiza Murad.
Esta visión impide ver los matices, los avances, las resistencias cotidianas. En su última visita a Palestina, Murad encontró pequeños grupos de personas queer que se reunían en espacios seguros. “Me sentí en familia”, recuerda. Lejos del estereotipo, encontró comunidad, afecto y complicidad.
Además, advierte contra el uso de estándares occidentales para evaluar otras sociedades. “Que en Palestina no haya un ‘praid’ no significa que sea igual que Irán”, denuncia. La situación política, la ocupación militar, las dictaduras, pesan más en la falta de derechos que la religión misma, explica.
La exclusión dentro del colectivo
En Europa, muchos colectivos LGTBI+ han caído en la trampa de la homogeneización. Las campañas de visibilidad privilegian un tipo de representación: blanca, masculina, cisgénero, sexualmente liberada y económicamente estable. Las personas racializadas, migrantes o religiosas son relegadas a los márgenes, cuando no directamente rechazadas.
Murad vivió en carne propia esa exclusión dentro del colectivo. Su piel, su religión, sus costumbres, su historia, lo convertían en una anomalía. “No entendía cómo podía ser parte del colectivo si no encajaba con sus códigos”, afirma.
Esta falta de interseccionalidad impide construir una comunidad real. Lo queer debe abrirse a otras formas de expresión, otras realidades culturales, otras trayectorias. Solo
Sanar a través del encuentro
La reconstrucción de una identidad quebrada por el rechazo necesita tiempo, herramientas y, sobre todo, comunidad. Murad destaca el papel del apoyo psicológico en su proceso de sanación. Pero también reconoce que no todo el mundo tiene acceso a ese tipo de recursos.
Por eso, insiste en la importancia de los espacios compartidos, donde las personas puedan verse reflejadas en los demás. “Cuando viajé a Palestina y conocí a gays palestinos fue el momento más bonito de mi vida. Sentí que pertenecía a un grupo”, cuenta con emoción.
Construir comunidad es una forma de resistir, pero también de existir. En contextos hostiles, el simple hecho de reunirse, compartir historias, reír juntos, se convierte en un acto político.
Murad Odeh no es un caso aislado. Su experiencia pone en evidencia las múltiples capas de exclusión que pueden convivir en una misma persona. Ser migrante, ser queer, ser racializado, ser religioso: cada una de estas identidades suma una frontera que no se ve, pero que se siente cada día.
En una sociedad que aún piensa en la integración como una línea recta hacia la asimilación, las voces como la suya recuerdan que no hay una sola forma de ser. Que las identidades múltiples existen y merecen espacio. Que no se trata de elegir entre lo que eres y lo que te han enseñado a ser.
Puedes leer la entrevista completa aquí.

